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19/12 | Sergio Angel Carmusciano

Volver a empezar

El lector relató la experiencia que atravesó con su madre, de 89 años, quien debe someterse a una operación de cadera.

Son las 18 horas del martes 18 de diciembre, estoy frente a mi computadora con los ojos llenos de lagrimas pensando porqué mierda siento tanta vergüenza en este momento por este país de mierda, mejor dicho (o bien dicho) por las personas responsables de este país de mierda. Nada tiene que ver mi hermoso país, absolutamente nada.

Hoy por la mañana después de más de 6 meses de andar a las vueltas, era la fecha de operación de DELIA AURORA, mi Mamá, sí mi mamá. El Dr. García, un tipo bárbaro, más allá de médico, buena gente, debía operarla a las 8:00.

Son las 5:50, me despierta mi señora, tengo que llevar a mi mamá a la clínica para que la operen, “al fin†pienso para mí, desayuno, armo mi bolso con mi computadora personal, para poder trabajar desde la clínica, para poder atender a mis clientes, quienes dependen de mi responsabilidad, bajo las escaleras, salgo hacia la casa de mi mamá donde me espera mi madre y mi hermano que vino desde Buenos Aires, dejando absolutamente todo para poder estar junto a su madre desatendiendo a Maia; ella es licenciada biotecnología, mi sobrina de 29 años que requiere atención personalizada (que la lleven y la traigan desde Quilmes a La Plata a su trabajo) debido a una enfermedad crónica que tiene desde niña.

Llego a mi casa, saco el auto, mi hermano y mi mamá suben y partimos rumbo a la clínica con toda la ilusión de lograr calidad de vida en mi vieja de 89 años, llegamos, tomamos asiento en una sala de espera, entregamos la documentación que burocráticamente exigen, si exigen, desde un lugar absolutamente de poderío, te sentís un cordero en un reino de lobos, te lo aseguro, a las 7 debía internarse para ser operada, son las 7:45 y nos llevan a una habitación auxiliar ya que no había cama en la sala de internación para esta operación programada, no importa, mi mama esta feliz , de buen humor.

La llevan en una silla de ruedas, vamos con mi hermano a su lado. Llegamos a la habitación, sala, mmmm un espacio con cama que en su pared tiene el numero 17, ella lo ve, y dice “mirá Dani, el 17â€, ríe pensando en la desgracia (ustedes entienden), no importa digo yo, es sólo un número, ya falta poco. Un enfermero, apurado pero cálido, medio dormido, buena onda pero apurado, un pibe cubano muy piola, pero repito, apurado, no sé porqué, le entrega la ropa descartable de operación, una bolsa para la cabeza, unas bolsas que hacen de medias, y un camisón.

Logramos que la hagan pasar a una sala con puerta para que se cambie y no lo haga a la vista de todos, parte rumbo a la sala de operación, y nosotros, mi hermano y yo bajamos para esperar.

Daniel tenía que ir a un cajero automático a retirar su sueldo y yo me quede en una silla con los bolsos de mi mamá mas mis cosas esperando. Pasaron unos 15 minutos y viene ese muchacho cubano de unos 20 y tanto años a decirme que el médico quería hablar conmigo. ¿Qué pasó? pregunto, no lo sé me responde, subo imaginándome nada, ya a esa altura, me dice “creo que el médico suspendió la operación, quiere hablar contigo†fueron sus palabras.

Paso la puerta de una habitación con camilla y una gran lámpara con muchas luces en el techo y veo a mi madre aun en la silla de ruedas y escucho al Dr. Hablando, gritando por teléfono diciendo que necesitaba esto o aquello, y que no lo tenía. Le avisan que yo estaba ahí, corta la comunicación y me dice muy nervioso y acongojado que no podía operar a mi madre porque la prótesis de cadera no había llegado. Quedé atónito, sorprendido, mirando a mi madre sin saber qué hacer, inmóvil, lo mire y le dije después de varios segundos, pero ¿cómo? El estaba peor que yo, enojado rabioso, me explicó que la ORTOPEDIA VILLALBA con domicilio en Mar del Plata no había enviado la prótesis por error de día, quiero creer que fue así, pero qué importa lo que yo quiera creer, es importante, no, para nada, lo importante era darle calidad de vida a mi madre.

Ya sin nada más que hacer me llama mi hermano, le digo lo sucedido, y la impotencia lo invade al igual que a mí, pero él es de otra manera, más impulsivo, y menos mal que fui yo quien recibió la noticia y no él.

Esperamos unos 15 minutos. La regresaron a otro lugar para que se volviera a poner su ropa y de nuevo a casa, a seguir sufriendo mamá… a seguir con el dolor… qué te puedo decir… sólo perdón.

Me olvidaba, nadie llamo para dar una explicación… PAMI AUSENTE.

A volver a empezar.

Mi nombre es:

Sergio Angel Carmusciano
contacto@ciberiavirtual.com.ar
DNI: 18354432






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Columna de Opinion / Mauro Szeta
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