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09/07 | ANÁLISIS EXCLUSIVO

Una coima, un crimen, un juez echado

El fallo no tiene antecedentes. Un juez destituido por “coimeroâ€. Así de simple, así de grave, así de contundente. La trama del caso Saladino.

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Mauro Szeta, especial para Infoeme

La destitución del juez Antonio Saladino por cohecho, es la primera constatación real de que existen funcionarios judiciales sobornables. Para decirlo con más claridad, “poniéndole plata al juez podés arreglar todoâ€. Incluso convertir a un asesino en un inocente.

La trama que terminó con Saladino destituido incluye el mafioso asesinato del abogado Marcos Alonso. El crimen tuvo un mensaje clarito: al abogado le dejaron un dólar en la boca como símbolo de que había traicionado a alguien y de que “con la guita no se jodeâ€.

En el jury de enjuicimiento que terminó con la carrera de Saladino y que lo puede mandar a la cárcel, hay varios protagonistas. Uno de ellos es Walter Gallastegui. Este hombre le había pegado 11 tiros a otro hombre a la salida de un pool en Olavarría y había escapado.

La sospecha judicial es que para evitar la cárcel, Gallastegui se contactó con el abogado Alonso. El plan era “tocar†al juez Saladino para que, a cambio de dinero, baje la calificación legal del delito de tentativa de homicidio a lesiones, y así Gallastegui evitaba la prisión.

El plan tenía un problema. La causa original contra Gallastegui era de otro juez, Villamarín. La única forma de “arreglar†con Saladino y de que eso tuviese valor era buscar al juez cuando éste estuviera como juez de feria, firmando por el juzgado de Villamarín.

Todo eso pasó. Gallastegui hizo un adelanto de 10 mil pesos que, vía Alonso llegaron al juez. Eso era sólo un adelanto. Después tenían que llegar 60 mil pesos más. Pero algo fallo, cuando Alonso se presentó en la feria para pedir el cambio de calificación legal de la causa contra Gallastegui para lograr la “no detenciónâ€, la secretaria de Villamarín que estaba en el juzgado, notó cosas raras e intuyó que podía tratarse de un caso de coima con el juez Saladino. Entonces llamó por teléfono a su jefe Villamarín y le anticipó la movida. Villamarín lo llamó a Saladino y le advirtió que “ni se le ocurriera hacer nada de lo que estaba tramandoâ€.

Conclusión: Saladino nunca bajó la acusación contra Gallastegui, y el sospechoso que se había entregado convencido del arreglo judicial, quedó preso, recontrapreso.

A los días nomás, Alonso apareció asesinado de forma cruel. Los dos asesinos del abogado fueron sentenciados, pero en el juicio, la fiscal dijo que había que profundizar la causa para demostrar que Gallastegui había sido el instigador que, desde la cárcel, despechado por la traición, había ordenado el crimen.

En el jury que terminó con la destitución de Saladino, el fiscal Carlos Altuve valoró como pruebas los mails que se cursaban entre sí Saladino y Alonso. Además, la propia viuda del abogado dio una declaración clave. El propio Alonso le dijo a ella que si le pasaba algo debían investigar a Gallastegui. La mujer también ratificó en sede judicial que su esposo le llevó el adelanto de 10 mil pesos al juez. Y un dato más increíble. Todo fue tan burdo, tan impune que el propio Saladino le redactó a Alonso el recurso de apelación que debía presentar para lograr la libertad de Gallastegui.

Ahora, el ex juez Saladino será investigado por una fiscalía de Mar del Plata y puede terminar preso. Lo grave de toda esta historia es que casos como el de Saladino hay muchos más. Son casos que todo el mundo conoce, que todo el mundo sabe, pero que nunca se pueden probar. Esperemos que el caso Saladino siente un precedente.


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Columna de Opinion / Mauro Szeta
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