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24/02 | Romina Gelmi
ĀæMejor la enfermedad que la obra social?
La lectora relata los numerosos problemas sufridos a raíz de la deficiente atención de una obra social para la derivación y tratamiento de la afección de su padre, quien falleció hace cuatro meses.
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Lo que contaré es una situación en la que más de uno se reconocerá, pero que pese a ser común no deja de ser indignante. Mi padre desarrolló un tumor cancerígeno, que después de varios estudios, análisis y vaivenes administrativos se reveló imposible de tratar en la localidad, siendo su situación muy delicada, al punto de que le resulte imposible caminar cinco minutos sin sentir dolores muy fuertes, comenzaron los problemas que le dan origen a este escrito, la derivación a un centro clínico de Capital Federal demoró más de una semana, para ser exactos trece días, que para su condición fue demasiado tiempo.
Sin embargo ese fue el principio, ya que una vez arribados al centro médico, el especialista con el cual la obra social reservó el turno advierte que no puede hacerse cargo del paciente, ya que por su enfermedad debe ser atendido por un especialista diferente. Luego de repetidos llamados, acordé ir al día siguiente a la sede de la obra social para hablar sobre la situación y se comprometen a darle al paciente y a mí una habitación en su hotel, a partir de nuestro arribo durante el tiempo necesario. Cuál fue nuestra sorpresa cuando llegamos a dicho hospedaje y las reservas no estaban hechas, siendo las 21:00 hs, con mi padre muy dolorido y un completo desconocimiento de la ciudad. Es imposible describir la sensación de abandono e impotencia que experimentamos, todas situaciones que fueron minando el ánimo de mi papá y por supuesto mis energías.
Nos trasladaron a otro hotel, pasamos la noche y me acerqué a las oficinas. Hablando con la administrativa que me había atendido por teléfono recibí respuestas tales como: Mirá, veo qué puedo hacer, sino vas a tener que esperar hasta el viernesā, era martes, qué hacíamos durante esos días, o de todas maneras, si el médico que lo vio, no lo internó hasta ahora, es porque tan urgente no debe serā, reprimiendo los deseos de ser irrespetuosa continúo la conversación y me dice que tengo que esperar al doctor Eduardo Falsiglio, que es quien va a llevar adelante el caso. Me retiro, cerca del mediodía me llaman, regreso a la sede y me comunican que me consiguen turno con la especialista para el día siguiente en el Hospital de Clínicas. Con mucha alegría y a raíz de los nervios rompí en llanto, les agradecí, volví al hotel, le conté a mi papá y pasamos la noche.
Concurrimos al turno que nos habían otorgado, y como era de esperarse, nos habían informado mal el consultorio, y la complejidad del lugar llevó a que debiésemos caminar más de lo que mi padre soportaba, finalmente luego de ser atendidos, la especialista diseƱa un plan de internación en el Sanatorio Colegiales. Llegados al lugar, desórdenes burocráticos nos llevaron a ser atendidos mucho más tarde, nos ordenan análisis de sangre y placas y comienza un nuevo problema. Nos comunican que no hay camas para la internación en el lugar (a través de los días nos fuimos informando que existía lugar, pero el problema era con la obra social), por lo que nos trasladan a una clínica con especialidad en traumatología, siendo mi padre un paciente de alta complejidad oncológica.
Lamentablemente las incoherencias no finalizan allí, sino que comienzan, ya que a partir de ese momento, el nivel de desinterés, incompetencia o tal vez de mala predisposición provocó continuos problemas, médicos que solicitaban varias veces el mismo examen por no comunicarse con los demás, irregularidades con la comida por no dejar constancias escritas, errores en la medicación por no leer lo expuesto por los especialistas, cambios constantes de los especialistas responsables, demoras constantes en los inicios de un tratamiento, entre otros problemas. Llegó hasta tal punto la situación que la obra social nos decía: Va a llevar adelante el tratamiento el Dr. Xā, trabaja en determinada clínica, fíjate si te podes comunicar porque nosotros no podemosā, aunque parezca mentira, la obra social que tiene por función asumir la responsabilidad de estas situaciones, nos mandaba a comunicarnos con los especialistas en su lugar.
Es sencillo imaginar, los efectos que estas acciones de la obra social Iter S.A. tuvieron en el paciente y en nosotros, frustración, impotencia, mal humor, desesperanza y en el caso de mi padre un gran debilitamiento. Finalmente llegó el día de comenzar el tratamiento, dos semanas después de llegar a Capital, lamentablemente la situación era irreparable, mi padre falleció debido a un ataque cardiaco horas después de la primera sesión de quimioterapia y la situación fue tan lamentable, al igual que el lugar donde estaba que incluso los intentos de salvarlo fueron en vano, no por la disposición de las enfermeras o médicos, sino por los medios con que contaban.
Ya pasaron cuatro meses, la ausencia sigue siendo tan grande como al comienzo y el dolor no desaparece, pero para no dejarnos seducir por la tristeza de la pérdida inmediata, esperamos todo este tiempo para comunicarnos con la administración de la obra social y más específicamente con la persona que llevaba adelante el caso de mi padre, el Dr. Eduardo Falsiglio. No buscábamos una discusión, ni seƱalar con el dedo, simplemente explicaciones por lo que nos toco atravesar, y como cualquiera puede prever, los problemas volvieron a aparecer, ante cada llamada recibíamos una respuesta diferente: Está ocupadoā, Viajó hacia otra oficinaā Viajó a otra ciudadā Le dejo el mensaje y te llamaā, finalmente llegó el esperable Está de vacaciones, regresa en dos semanasā, luego de está última respuesta llamamos un día después y nos dicen Está en la oficina hablando por teléfono en otra línea, llamá en 10 minutosā.
No sólo que durante todo el proceso jamás brindaron soluciones rápidas y eficientes, sino que tampoco no ofrecen la posibilidad de recibir explicaciones. Al leer esto, seguramente se puede pensar que fue escrito con algún espíritu de denuncia, revancha o rencor, sin embargo ese no es el verdadero objetivo, al menos no de manera consciente. Quizás se trate de una manera de liberar un dolor, un dolor insuperable e imperecedero, el dolor de una pérdida irreparable, el de la muerte de un padre.
Romina Gelmi
DNI 31.094.980
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