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12/12 | ANÁLISIS EXCLUSIVO
Crímenes intrafamiliares: nada para celebrar
¿Pudieron evitarse los asesinatos de Tomás Dameno, el de Gastón Bustamante y las masacres de La Plata y Mendoza? Las respuestas.
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Mauro Szeta, especial para Infoeme
¿Qué tienen en común los asesinatos de Tomás Dameno en Lincoln, el de Gastón Bustamante, en Miramar, y las masacres de La Plata y Mendoza?: que son todos crímenes intrafamiliares que nada tienen que ver con la inseguridad urbana.
La pregunta que sigue a continuación es si se trata de episodios criminales evitables. La respuesta parece ser que, casi son imposibles de prevenir, o por lo menos se requiere de alertas tempranas para evitarlos cuya detección ni siquiera garantiza que las cosas no pasen.
Vayamos caso por caso. ¿Era posible evitar que Adalberto Cuello secuestrara en plena calle y sin despertar sospechas a Tomás? La respuesta es: parece que no. Por más patrullaje policial que hubiera existido, a ningún policía le podía llamar la atención que un niño subiera al auto de su padrastro sin ser sometido por la fuerza.
¿Qué es lo que pudo haberse evitado entonces? Si la mamá de Tomás era una víctima frecuente de las amenazas y locuras de Cuello, si la mamá de Tomás podía percibirlo, podía haberlo denunciado, enfrentarlo. Pero ni siquiera eso hubiese alcanzado para evitar el homicidio. Tal vez hubiese sido un paliativo, tal vez, no lo sabemos. Imposible hacer cálculos. Lo cierto es que la mamá de Tomás tardó 48 horas en blanquearle a los investigadores que el posible motor del crimen era la relación obsesiva que Cuello tenía con ella y sobre todo con el niño. Así las cosas, a Cuello le fue muy fácil matar al nene. Por suerte lo detuvieron. Más que por suerte, por su obviedad homicida.
En el caso Bustamante, el fiscal Moure, de arranque sospechó que no se trataba de un crimen común. Dijo que no era común que delincuentes comunes mataran a un nene en un robo. Ahora avanzó en una sospecha temeraria: que Julián Ramón, el novio de la hermana del nene sea el asesino, y por eso lo detuvo. Una hipótesis temeraria, inquietante, perturbadora. Tiene indicios. Centra todo en una huella digital en un televisor que estaba listo para ser embalado, y en que el acusado sabía que en la casa de sus suegros que se guardaban 13.600 pesos que el día del crimen iban a ser depositados en un plazo fijo. ¿De ser corroborada esta hipótesis, pudo evitarse el crimen de Gastón? La respuesta es no. No se trató de un caso de inseguridad urbana donde un patrullaje o el policía de la esquina pudieran evitarlo. Si el asesino es el cuñado, la familia debió reconocerlo como un potencial enemigo, capaz de matar a un nene para robar. Algo imposible.
En las masacres de La Plata y en Mendoza, el escenario parece el mismo. Ni siquiera el alerta de Bárbara Santos sobre la agresividad de Osvaldo Martínez hubiera bastado para evitar el plan criminal; y en Mendoza, nadie hubiera siquiera soñado que un nene de 10 años puede convertirse en chacal de un día para el otro, más allá de la esquizofrenia.
Así están las cosas. Más allá de que estos casos no son prevenibles, el poder político y la policía no tienen motivos para festejar. Hay muchos otros tantos casos de la inseguridad cotidiana que sí son posibles por la falta de prevención. Y ahí, esa materia aún está pendiente. Y nuestra policía, lejos aún, de ser la mejor policía del mundo, como dijo alguna vez un político de lengua suelta y gratuita.
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