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08/08 | ANÁLISIS EXCLUSIVO

Una confesión tremenda

Un final anunciado, trágico y doloroso. La confesión de una madre que lo inventó todo y un cierre tremendo a una historia que parecía de inseguridad y resultó ser la muerte natural no aceptada de una beba. En el medio, lo insólito: la creencia inicial movilizó a 4.000 personas y hasta fue eje de una pueblada en Ayacucho. >>

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Mauro Szeta, especial para Infoeme

Así fueron las cosas. Primero, Soledad denunció que ladrones habían entrado a su casa. Dijo que se trataba de encapuchados que la habían golpeado mientras se bañaba. También, siempre según su relato, en la fuga, los delincuentes despiadados habían asesinado a su beba de tres meses asfixiándola.

El caso se hizo público con la denuncia de la mujer y con el hallazgo del cadáver, y en segundos, Ayacucho estalló. La pueblada incluyó una patoteada al intendente y balas de goma. Para colmo, uno de los voceros de la protesta era el cura párroco.

Muchos vecinos fueron a la marcha por convicción o porque no podían soportar semejante zaga criminal. Otros, eligieron el atajo de la operación política, y aprovecharon la situación para hacer panfleto nefasto.

De arranque, la policía dudó de todo. Pero la mamá nunca se desdijo. Ratificó su declaración y hasta mostró su ojo compota como símbolo del asalto. El fiscal Diego Bensi prefirió la cautela, el tiempo. De arranque no dudó de la mamá porque sí. Le creyó. Partió de la premisa del robo, pero cada día que avanzó la causa, los indicios le hicieron cambiar de idea.

Un peritaje empezó a aclarar las cosas. Los expertos revelaron que no había pisadas de terceros en la casa y que el único rastro colectado pertenecía a un policía que había contaminado la escena. La autopsia, para colmo, no hablaba de asfixia mecánica, ni de lesiones, sino de muerte por broncoaspiración, y nada más.

Hasta que llegó el día. Soledad no pudo más y decidió cambiar la historia. Primero le confesó a su propio esposo la verdad. El robo fue un inventó. En realidad, Soledad dejó a su beba después de amamantarla y se entró a bañar. Cuando salió de la ducha la encontró muerta. Se desmayó. Cuando se recuperó, desesperó, lloró. Ahí, culposa por la muerte de la beba que había aspirado la leche materna, decidió armar la película del asalto. Después, no se animó a retroceder. La pueblada se había consumado, y decir la verdad era peor, pensó.

A la confesión al marido, le siguió un abogado y la presentación ante el fiscal. Lloró una y otra vez. Se quebró, tuvo miedo, culpa, drama. Después repitió varias veces. “No sé por qué inventé lo del robo. No supe cuidar a mi hija, no supe cuidarlaâ€. El fiscal la consoló y dio por cerrada la causa.

Un final “de mierdaâ€, horroroso, de esos finales que duele pensarlos. Una madre que no va a ser criminalizada, investigada. Una madre que ahora necesita ayuda, y mucha.

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Columna de Opinion / Mauro Szeta
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