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Mauro Szeta, especial para Infoeme
El crimen debe servir para algo. La frase es rara. En realidad ningún asesinato sirve en sí mismo. Pero sólo las muertes tienen valor si destapan algo podrido, si echan luz, por ejemplo, sobre la temeraria y asquerosa corrupción del sistema judicial.
Con el crimen de Alonso en Olavarría, se dijo de todo, y se trazaron las hipótesis más inquietantes. Ahora, el juicio, debe traer luz, claridad. ¿Será cierto, como se dijo, que a Alonso lo mandó a matar un cliente suyo porque no cumplió con la promesa de conseguirle la libertad a cambio de arreglar por plata con un juez?
Repasemos otra vez esta frase, para que se la entienda bien. Alonso era abogado penalista y representaba a un tipo de apellido Gallastegui que estaba acusado de pegarle once tiros a otro personaje en la puerta de un pool. Siempre, según lo que se dijo en aquel momento, Alonso le recomendó a Gallastegui que se presente, que no escape, porque a cambio de plata -se habló de 40 mil pesos- podía negociarle la excarcelación con el juez Saladino.
La historia que se contó por entonces, también señaló que Gallastegui nunca recuperó la libertad y que Saladino no intervino en el caso. Motivos: no muy claros.
La historia oficial también escribió que, molesto por lo que consideró una traición de Alonso, desde la cárcel, Gallastegui planificó su ejecución y la llevó adelante con la complicidad de dos colegas del hampa que a su vez habían sido clientes de Alonso.
Lo más llamativo del crimen de Alonso, lo que causó impacto, estupor, es que además de matarlo cruelmente, le dejaron un dólar en la boca, como claro mensaje de que con la plata no se jode, y que los traidores, deben morir así, como murió él.
Con los días llegó la detención de los dos presuntos ejecutores del crimen que ahora empezaron a ser juzgados. Las dudas persisten, y para colmo, el juez sospechado de arreglar causas fue suspendido en sus funciones, pero el jury de enjuiciamiento de la provincia, más lento que de costumbre no decide su destitución, y ni siquiera empezó a juzgarlo.
Si todo lo dicho hasta ahora en el caso es verdad, la muerte de Alonso tuvo algún sentido: desterró aquella idea de que los integrantes del Poder Judicial son incorruptibles, puros y sólo hablan por sus fallos.
Si todo lo que se dijo se termina probando, el asesinato mafioso de Alonso nos dejó por primera vez desnudos antes una miserable manera de entender el sentido de justicia.
Muchas veces se habló de jueces arreglando causas por plata, algo nefasto. El caso Alonso puede ponerle por primera vez sentencia a ese relato popular, a veces, tan difícil de demostrar y por siempre, tan inquietante.
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