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13/08 | YO QUIERO A MI PAIS
A Cachi por los senderos de los sembradores de la luna
Cachi, en Salta, es un pueblo encantado. Implantado como una encrucijada entre diaguitas, incas y españoles, se muestra como una joya de los ojos y del corazón. Pero si el poblado es bello, también lo es el camino que lleva a él. Serpenteando los Valles Calchaquíes, llegar a Cachi es una aventura al cielo.
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Dicen que en 1420 cuando los invasores incas llegaron a donde habitaban los diaguitas llamaron a éstos calchaquíes, es decir, los sembradores de la luna. Y dicen que ese hermoso nombre se originó porque los diaguitas llenaban sus morteros de agua, los exponían a la luz de la luna y –según ella se reflejara- decidían cuando sembrar. Más allá de etimologías, el viaje a Cachi por los Valles Calchaquíes impacta por la belleza de sus paisajes y por la magia del espíritu de los pueblos originarios que sobrevuelan sus cumbres.
Cuando llega el invierno, el río Escoipe se seca casi por completo, desnudando su lecho pedregoso. El río transcurre por la Quebarda de Escoipe, que une los valles de Lerma y Calchaquí. En la base de las sierras puede observarse la frondosidad de la vegetación de la selva salteña.
El viaje comienza muy temprano desde la ciudad de Salta. A medida que se atraviesa el municipio de Cerrillos, famoso por ser el centro del carnaval salteño todos los febreros, se entra en la Quebrada de Escoipe. En su trayecto por las zonas más bajas la vegetación de la selva salteña se presenta exuberante.
Las laderas de los cerros de la Quebrada de Escoipe muestran rojos intensos. Entre los cardones y la vegetación de altura, grupos de casas aparecen como puntos blancos lejanos en el paisaje.
A medida que se comienza a ascender por un camino que por el momento se insinúa sinuoso, la vegetación selvática comienza a desaparecer dando paso a la vegetación de altura, mucho más baja. La Quebrada del río Escoipe, que une el Valle de Lerma con el Valle Calchaquí, está poblada por rodeos (conjuntos de dos o tres casas), parajes (casas con iglesia, escuela y cancha de fútbol) y pueblos. Pero cualquiera sea el tipo de poblado, el marco está dado por las bellísimas paredes de sus estribaciones que ofrecen una paleta infinita de colores, entre los que se destacan los rojos y los verdes.
La capilla de San Rafael corona el punto más alto de la Cuesta del Obispo, a 3.457 metros sobre el nivel del mar.
El camino serpentea sinuoso por la Cuesta del Obispo entre las distintas tonalidades de color violeta que propone la montaña.
Cuando se abandona la Quebrada de Escoipe el camino se empina. Es la ruta provincial 33 que inicia una subida de 1.400 metros en un tramo de sólo veinte kilómetros. Es la Cuesta del Obispo, que lleva al punto más alto del viaje y que ofrece nuevos colores mágicos, ahora variando en un tornasolado sobre el color obispo. Al finalizar su recorrido, se arriba al punto más alto del viaje: 3.457 metros sobre el nivel del mar, donde se halla emplazada la pequeña y pintoresca capilla de San Rafael. Quien se atreva a mirar por la ventanilla mientras se asciende por la Cuesta del Obispo, podrá apreciar el Valle Encantado. Su belleza es, sencillamente, indescriptible.
Las imágenes de los altos cardones que pueblan las 64.000 hectáreas del Parque Nacional Los Cardones se asemejan a gigantes guardianes del patrimonio natural del norte argentino.
A partir de allí, el paisaje se vuelve más puneño. Por la Recta del Tin Tin –nombrada así por el ruido de las pezuñas de las mulas que transitaban sobre las piedras lajas del camino del Inca, se accede al Parque Nacional Los Cardones. Poblado por miles de exponentes de este cactáceo que florece sólo durante una noche al año, y que por ello es polinizado por los murciélagos, el parque ofrece una visión mágica compuesta por los altos cardones que parecen abrir sus brazos a la vida. Unos kilómetros más adelante, el Nevado de Cachi, con picos de casi 6.400 metros de altura, ofrece la vista de la majestad de sus hielos y nieves eternos.
Desde la Cordillera Oriental, el Nevado de Cachi con sus 6.380 metros de altura proyecta el blanco de sus hielos y nieves eternos y separa los Valles Calchaquíes de la Puna.
En un valle fértil en el cual confluyen dos ríos –el Calchaquí y el Santa María- en el Río de las Conchas, la presencia de Payogasta, que quiere decir “pueblo blanco” aunque en realidad se encuentra tapado de color rojo por los característicos secaderos de pimiento, preanuncia la presencia de Cachi.
Iglesia de Cachi. De clásico estilo colonial, es monumento histórico nacional desde 1945.
Los artesanos locales ofrecen sus productos en la feria que se improvisa alrededor de la plaza del pueblo.
Emplazado a 2.280 metros sobre el nivel del mar y a ciento cincuenta y siete kilómetros de la ciudad de Salta, Cachi se abre como la joya de los Valles Calchaquíes. Su bellísima plaza central, en la cual confluyen la municipalidad, el concejo deliberante y la biblioteca pública por un lado, y la iglesia de arquitectura colonial, por otro es escenario del armado de una feria de artesanos que se congregan a medida que van llegando los turistas.
Fachada exterior del Museo Pío Pablo Díaz, que guarda objetos de las culturas prehispánicas.
Patio colonial del museo. En él se observan ejemplares de los clásicos cardones y un ejemplar de menhir que los pueblos originarios ponían en los valles para pedir por la fertilidad de la tierra.
En Cachi está la gente más amable de Salta, y se come la cazuela de cabrito más rica. Un lugar para no perderse es el Museo Pío Pablo Díaz. Instalado en un edificio que forma parte del casco histórico del pueblo, y que posee una clásica recova hispánica, en él se pueden apreciar elementos de las culturas originarias. Pero si todo parece mágico en Cachi, no hay nada más lindo y que ofrezca una belleza más espontánea que lo que se ve al caminar sus calles: las casas blancas sin ochava, las calles empedradas, las veredas de piedra elevadas, los cerros y el cielo azul de fondo se entrelazan como si fueran parte de un lienzo sometido a los arbitrios de un artista genial.
Típicas calles de Cachi, con sus casas blancas, sus calles y veredas de piedra y su cielo muy azul. En el fondo, siempre presente el paisaje montañoso.
Casa de esquina sin ochava y con dos puertas en Cachi.
Patio colonial en una casa de Cachi.
Salta es una provincia fantástica. Sin embargo conocerla, y no recorrer las calles de Cachi o no deleitarse con la hermosura del camino que hasta ella lleva, equivale a perderse el acto más importante de esa sesión de magia permanente que propone el norte argentino.
Desde lo alto de la Cuesta del Obispo se puede apreciar el Valle Encantado. Su belleza explica por sí misma el por qué de esa denominación.















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